A 3 bandas en la Galería Pilar Serra

Del 11 de abril al 23 de mayo de 2015


DECIRLO TODO ( texto de Óscar Alonso Molina)

El grado cero de enunciación es el límite al que tiende el trabajo de los dos artistas seleccionados. El resultado de su confrontación es un diálogo en sordina, un rumor de fondo, una lucha de miradas fijas sostenida en silencio, donde el marco que los reúne –el espacio físico de la galería, su arquitectura-, se convierte en un elemento activo de esos significados apenas enunciados. Un efecto barroco inesperado donde “no decir nada puede decirlo todo” (B. Gracián).


Gracián sabía que, frente a esa hidra vocal que es la palabra, “no decir nada puede decirlo todo”. Y así, de cada fragmento desgajado del discurso surgen nuevos significados donde el vuelo del sentido se amplía a medida que el significante se comprime, se recorta, se astilla, se consume… Las interpretaciones a que ha sido sometido el pequeño papel arrugado encontrado en el bolsillo de la americana de Nietzsche tras su muerte encarnan el caso por excelencia: “He olvidado mi paraguas”, dejó escrito allí, nadie sabe a ciencia cierta si como recordatorio práctico para recuperarlo o como cifra arcana en que se concentró el poder póstumo de su pensamiento. Hipótesis, alegorías, libros enteros dedicados a ese pensamiento suelto, al cuan se ha contrastado violentamente con todo el edificio filosófico de su autor, dando lugar a interpretaciones de lo más disparatadas…

Es el vacío que rodea todo punto de atención lo que hace crecer la fascinación de lo que éste pudiera decirnos. En mitad del desierto, un escarabajo andando sobre la arena ardiente cobra una dimensión inesperada, concentrando nuestra atención en su minúscula presencia, mientras el efímero rastro que deja sobre la arena en movimiento y barrida por el viento adquiere la potencia del emblema que demanda cierta interpretación radical. También en esta exposición podemos comprobar cómo la densidad alusiva de la imagen crece a medida que sus figuras se evaporan y que el grado de “abstracción” aumenta. Robert Rosemblum afirmaba incluso que cuando menos hay que ver en una imagen más es lo que es necesario decir sobre ella. El discurso, pues, aparece y desaparece en un movimiento reflejo, en un vaivén estroboscópico que, como la Esfinge, nos reta: “descíframe o te devoro”.

Los trabajos de Pieter Vermeersch y de Juan Carlos Bracho poseen en común una acusada tendencia a acercarse al grado cero de enunciación en sus piezas: a no decir nada por decirlo todo. Imágenes en apariencia vacías, afásicas, autorreferenciales y un tanto herméticas, que de manera muy analítica inciden en las fronteras de aquella herencia tardomoderna ligada al formalismo de la abstracción postpictórica y en los límites contemporáneos de una categoría romántica por excelencia, como es la de lo sublime.

Si el primero parte para ello a menudo de un bucle de relectura procesual, en el cual el artista fotografía de cerca (pérdida de la perspectiva ya negada de antemano) la superficie de sus propias pinturas monocromas, para luego volver a intervenir el papel fotográfico con barridos de pintura, el segundo, mediante frotados y catas, revela las capas de pintura que se superponen en la superficie del muro sobre el que realiza a menudo sus intervenciones. Las referencias de Vermeersch a la arquitectura son constantes en esos muros cegados, esos encofrados o cierres ante la mirada que no puede traspasarlos; lo mismo que ocurre en la sutil labor de arqueólogo de Bracho, recogiendo en sus frotages las huellas verticales que acumula el plano de representación más neutro y desatendido: la propia pared expositiva.

No decir nada puede ser, en efecto, la estrategia adecuada para que el espectador proyecte una miríada de interpretaciones sobre estas obras ancladas en el proceso y en el análisis de los propios medios que estructuran la imagen y su visión. El mundo entero cabe allí: su cifra y su desciframiento; su enigma y su revelación. Imágenes al cabo de una contención propia del conceptismo barroco, que aspiran a ser, en su neutra y contenidísima encarnación, emblema de un universo más allá de lo sensible que todavía puede decirse, articularse por imágenes. Precisamente en su Criticón, ese texto increíble, dedicado a la contemplación total del universo humano y espiritual desde una perspectiva apenas anclada en el cuerpo, cuyos protagonistas presiden las más portentosas escenas sin apenas desarrollo de su propia historia y sin que podamos estar seguros de su dimensión física (parecen más bien espíritus, seres que son sólo ojos, puras ideas…), podemos leer aún a Gracián. “Advertid que va grande diferencia del ver al mirar, que quien no entiende no atiende: poco importa ver mucho con los ojos si con el entendimiento nada, ni vale el ver si el notar. Discurrió bien quien dijo que el mejor libro del mundo era el mismo mundo, cerrado cuando más abierto; pieles extendidas, esto es, pergaminos escritos llamó el mayor de los sabios a esos cielos, iluminados de luces en vez de rasgos y de estrellas por letras.” Y, así, como veis (porque veis), no tengo más que deciros.

 Ó. A. M. (Naz de Abaixo, Lugo, enero de 2015)

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