MARÍA BLANCHARD EN EL MUSEO REINA SOFÍA

MARÍA BLANCHARD EN EL MUSEO REINA SOFÍA
Museo Reina Sofía
Del 16 de octubre al 25 de febrero de 2013


La exposición monográfica sobre María Blanchard (Santander, 1881 – París, 1932), organizada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y la Fundación Botín, busca, coincidiendo con el 80º aniversario de su desaparición, reivindicar el trabajo de esta artista española cuya entrega total al mundo del arte le valió para convertirse en una de las grandes figuras de la vanguardia de comienzos del siglo XX.

Después de ser mostrada en la sede de la Fundación Botín de Santander su etapa cubista, la exposición recala en el Museo Reina Sofía de Madrid, donde el discurso expositivo se amplía y se convierte en una retrospectiva que abarca por completo la trayectoria artística de Blanchard a través de 77 obras, la mayoría pinturas, además de una selección de dibujos que permiten percibir su virtuosismo técnico. La muestra se complementa con una variada documentación en torno a la figura de esta artista.

Coetánea de Picasso, Gargallo, Diego Rivera, Juan Gris, Jacques Lipschitz o André Lothe, María Blanchard perteneció a una generación de creadores de gran reconocimiento. Un mérito que, por una serie de hechos ajenos a su devenir artístico, su obra no recibió en igual medida. “Esta muestra trata de poner en valor la aportación de una mujer entregada en su totalidad al arte durante los primeros años del siglo XX y a la que su amigos, grandes artistas, reconocieron como otra grande. Mientras que para Gris la artista «tiene talento », para Lipchitz María Blanchard «era una artista sincera y sus cuadros contienen un sentimiento doloroso de una violencia inusual», y para Diego Rivera, su obra «era la plástica pura»”, comenta la comisaria de la exposición.

La exposición se divide en tres etapas: la primera, de Formación (1908-1913). La segunda, Cubista (1913-1919), que muestra a través de 38 obras el momento en que Blanchard se inserta en este movimiento, al que aporta plasticidad y sentimiento. Para terminar, las 39 pinturas y dibujos de la última parte de la exposición componen una muestra representativa del Retorno a la Figuración (1919-1932) en el que se adentra Blanchard en los últimos años de su vida.
 
Etapa de Formación (1908-1913)

La exposición revisa, brevemente, su obra más temprana en una primera Etapa de Formación (1908-1913), caracterizada por la permeabilidad a las influencias de sus maestros: Fernando Álvarez de Sotomayor, Emilio Sala, Manuel Benedito, Hermenegildo Anglada Camarasa y Kees Van Dongen.

“En esta primera etapa centra su iconografía en el retrato, a través del cual podemos rastrear su evolución. Pasa de los colores sobrios y el dibujo firme, sujeto al tema, a una mayor riqueza colorista, un tanto expresionista, una materia más rica y densa, utilizando la espátula y una factura más suelta, liberándose progresivamente del atavismo tradicional”, aclara Mª José Salazar.

Blanchard no alcanzó la madurez creativa hasta bien entrada la treintena, tras instalarse en París. Por su inteligencia y sensibilidad artística, María Blanchard fue aceptada por el importante grupo de artistas de París, siendo amiga personal de alguno de ellos, con los que llega a compartir estudio y vivienda, como es el caso de Diego de Rivera o Juan Gris. Su fuerte personalidad y su dura existencia forjaron el respeto de sus compañeros, quienes llegaron a aceptarla como uno más, en un medio culturalmente dominado por los hombres.
 
 
Etapa Cubista (1913-1919)

Tras esta etapa, en la que por ósmosis asimila la obra de otros grandes artistas, se inicia con gran personalidad en el cubismo, su obra más desconocida. “No cabe duda, en mi opinión, de que la obra cubista de María Blanchard supera a la de conocidos coetáneos: Albert Gleizes, Auguste Herbin, Louis Marcoussis, Jean Metzinger o Fernand Léger. Si a ello añadimos las pocas mujeres que esporádicamente realizaron trabajos cubistas, como Sonia Terk Delaunay y Alice Halicka de Marcoussis, con una obra muy puntual, o Marie Laurencin, compañera de Apollinare en esos años, nos damos cuenta de la importancia de María Blanchard dentro del movimiento cubista”, opina Mª José Salazar.
 
La exposición muestra el momento en que Blanchard se inserta en este movimiento, al que aporta plasticidad y sentimiento, a través de 38 obras. Durante esta fase, su obra evoluciona de un primer cubismo, con elementos figurativos fácilmente identificables que representa mediante formas geométricas en planos superpuestos y que sitúa su producción cercana a la de Diego Rivera; hacia un cubismo más sintético, cercano a la estética de Juan Gris, al que no sólo le unen lazos de amistad, sino también postulados estéticos.

En estas composiciones reduce la temática a elementos esenciales, expresados mediante planos expuestos desde diversas perspectivas. Son obras muy cercanas a las composiciones musicales o naturalezas muertas de Picasso, Braque o Gris, en las que representa de forma objetiva los elementos que contempla, utilizando en ocasiones el collage como parte sustancial de las mismas. Sin embargo, María Blanchard es más libre en la interpretación de los temas, que los artistas mencionados. Se trata pues, de un cubismo muy personal que se distingue por su rigor formal, su austeridad y el dominio del color.

Las obras de este periodo llaman la atención del marchante más importante del momento, Léonce Rosenberg, quien la contrata en 1916 para su galería, L’Effort Moderne, organizándole tres años más tarde su primera exposición individual con trabajos cubistas.

El conocimiento de su obra se traduce en un reconocimiento universal. En 1916 es seleccionada por André Salmon para participar en la exposición L’Art Moderne en France, que presenta en el Salon d’Antin de París; en 1920 es elegida por la revista Sélection para la exposición Cubisme et Neocubisme, que presenta en Bruselas junto a Picasso, Braque, Severini, Lipchitz, Metzinger y Rivera; al año siguiente formará parte de la mítica muestra Exposició d’Art francés d’Avantguarda en la Sala Dalmau de Barcelona.

Retorno a la Figuración (1919-1932)

Por último, las 39 pinturas y dibujos de la última parte de la exposición componen una muestra representativa del Retorno a la Figuración (1919-1932) en el que se adentra Blanchard en la última parte de su vida. Siguiendo el movimiento denominado Retour à l’ordre, generado en Europa en la época de entreguerras, la artista evoluciona alejándose del cubismo para regresar a la figuración, aunque en esta representación del objeto aún subyace la estructura geométrica de su etapa anterior.
Blanchard emprenderá en estos años su segunda época figurativa, cuya plenitud podemos situar entre 1921 y 1927. En este periodo, Blanchard crea abundantes e importantes pinturas que poseen un acento inconfundible y constituyen lo más conocido de su producción. La artista reinventa su pintura en el espíritu de su época desde un entorno cultural nuevo.
 
“Se adentra en esta nueva etapa con un modo de expresión propio, sirviéndose de la figura humana como legataria de sus propias vivencias interiores, lo que confiere a sus obras una personalidad característica –explica la comisaria-. Es éste un periodo muy interesante, con un punto de inflexión en 1927, que redunda en una iconografía más sensible, melancólica, y poética, en la que por debajo de la técnica, el color y el dibujo, subyace un profundo sentido de la realidad.”
 
Este periodo de inflexión viene marcado por la muerte de Juan Gris, aunque también de una crisis espiritual que muchos experimentaron y había alentado las conversiones de Max Jacob, Pierre Reverdy, Severini, Claudel, Rivière o Jean Cocteau. A consecuencia de esto, Blanchard vuelve a la práctica católica. Aunque en su pintura sólo hallamos un motivo religioso explícito, San Tarsicio (1930-1931), la inserción en este ambiente, así como el carácter neofigurativo de su obra, favoreció la idea de una María Blanchard espiritualizada, alejada de la primera línea de la experimentación artística.
 
 

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